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¿Para qué sirve participar en un MUN si mi hijo no quiere estudiar política?

hace 1 día
5 min de lectura

Es una pregunta que escuchamos con frecuencia entre padres de familia: “Entiendo que participar en un Modelo de Naciones Unidas puede ser interesante, pero mi hijo no quiere estudiar política, Relaciones Internacionales ni nada parecido. Entonces, ¿realmente le va a servir?”

La pregunta tiene mucho sentido. Desde fuera, un MUN puede parecer una actividad diseñada principalmente para jóvenes interesados en la política: hay países, comités, discursos, resoluciones, negociaciones y problemas internacionales. Es fácil pensar que su utilidad está relacionada con una futura carrera diplomática o política.

Pero basta observar lo que sucede durante una conferencia para descubrir algo diferente.

Un estudiante tiene que investigar un tema que probablemente no conocía. Después debe comprender una posición que no necesariamente coincide con la suya. Tiene que explicar sus ideas frente a otras personas, escuchar argumentos distintos, responder preguntas que no había previsto, negociar, trabajar en equipo y, en algún momento, tomar decisiones bajo presión.

Y ninguna de esas habilidades pertenece exclusivamente a la política.


El MUN no se trata solamente de lo que un estudiante aprende

Uno de los errores más comunes es evaluar una actividad educativa únicamente por su contenido.

Si un estudiante participa en un comité que discute sobre cambio climático, migración, inteligencia artificial o seguridad internacional, por supuesto que aprenderá sobre ese tema. Sin embargo, una parte importante del aprendizaje ocurre mientras intenta hacer algo con esa información.

Investigar no es lo mismo que copiar datos. El estudiante necesita distinguir qué información es relevante, entenderla y utilizarla para construir una posición.

Hablar tampoco consiste solamente en leer un discurso. En una negociación, tiene que darse cuenta de si los demás entendieron su idea y encontrar otra manera de explicarla cuando no fue así.

Incluso escuchar adquiere otro significado. No se escucha solamente para esperar el turno de hablar, sino para identificar dónde existen coincidencias, qué preocupa a la otra persona y qué posibilidades hay de llegar a un acuerdo.

El tema del comité puede ser internacional, pero las habilidades que se practican son mucho más amplias.


Aprender a hablar cuando no tenemos todas las respuestas

Muchos jóvenes saben perfectamente lo que quieren decir cuando están entre amigos o en un ambiente conocido. El reto aparece cuando tienen que expresarlo frente a personas nuevas, defender una idea o responder una pregunta inesperada.

En un MUN eso sucede constantemente.

Al principio, algunos estudiantes llegan con un discurso completamente preparado y esperan que todo ocurra de acuerdo con ese plan. Muy pronto descubren que no funciona así. Otro delegado hace una pregunta inesperada. La conversación cambia. Aparece una propuesta distinta. El estudiante tiene que escuchar, pensar y responder.

Esto desarrolla una habilidad que será útil en prácticamente cualquier profesión: aprender a comunicarse incluso cuando no tenemos un guion.

Un futuro ingeniero tendrá que explicar un proyecto. Un médico tendrá que comunicar información compleja a un paciente. Un emprendedor tendrá que presentar una idea. Un diseñador tendrá que defender una propuesta. Un profesionista tendrá entrevistas, reuniones, presentaciones y conversaciones difíciles.

Tal vez ninguno participe jamás en una negociación diplomática. Pero seguramente tendrá que explicar lo que piensa y aprender a hacerlo con claridad y confianza.


Defender una posición también significa aprender a escuchar

Existe otra idea equivocada sobre los MUN: pensar que gana quien habla más fuerte o consigue imponer su opinión.

Una buena negociación funciona de manera muy distinta.

El estudiante representa una posición determinada, pero para avanzar necesita entender también las posiciones de los demás. En ocasiones tendrá que trabajar con alguien con quien inicialmente no estaba de acuerdo. En otras, descubrirá que una propuesta diferente a la suya puede mejorar el resultado final.

Eso obliga a practicar algo que resulta cada vez más importante: poder estar en desacuerdo sin convertir la diferencia en un conflicto personal.

Escuchar, hacer preguntas, encontrar puntos en común y construir acuerdos son habilidades necesarias en una universidad, en un equipo de trabajo y, en realidad, en cualquier relación humana.


La confianza no aparece antes de intentarlo

También vemos estudiantes que dicen: “Yo no soy bueno hablando en público”.

A veces lo dicen como si fuera una característica permanente de su personalidad.

Pero muchas habilidades no aparecen porque alguien nos explique cómo desarrollarlas. Aparecen cuando tenemos oportunidades para practicarlas en un ambiente donde podemos equivocarnos, aprender y volver a intentarlo.

Un estudiante puede comenzar hablando durante treinta segundos porque eso es todo lo que se atreve a hacer. Después participa nuevamente. Más adelante levanta la mano sin que alguien tenga que animarlo. En algún momento descubre que puede responder una pregunta que no esperaba.

El cambio no necesariamente ocurre de golpe ni es igual para todos.

Y quizá precisamente ahí está una de las partes más valiosas de la experiencia: descubrir que algo que parecía “no ser para mí” puede convertirse en algo que sí soy capaz de hacer.


¿Cómo puede un padre ayudar a aprovechar mejor la experiencia?

No es necesario conocer las reglas de Naciones Unidas ni convertirse en experto en el tema del comité. Hay formas mucho más sencillas de acompañar el proceso.

Antes de la conferencia, en lugar de preguntar solamente “¿ya estudiaste?”, puede ser más útil preguntar: “¿Qué tema te tocó?”, “¿qué es lo que más te ha sorprendido?” o “¿qué posición tiene el país que representas?”.

Después de la conferencia ocurre algo parecido. Preguntar únicamente “¿ganaste algún premio?” puede hacer que toda la experiencia termine reducida a un resultado.

Hay otras preguntas que pueden abrir conversaciones mucho más interesantes: ¿Qué fue lo más difícil? ¿Hubo algún momento en el que cambiaste de opinión? ¿Qué harías diferente la próxima vez? ¿Conociste a alguien que pensara muy distinto a ti? ¿Qué hiciste que antes pensabas que no ibas a poder hacer?

También ayuda evitar resolverles todo. Si el estudiante tiene que preparar un discurso, investigar o encontrar argumentos, acompañarlo no significa hacer el trabajo por él. Parte del valor está precisamente en que aprenda a organizarse, equivocarse y encontrar sus propias respuestas.


Entonces, ¿tiene sentido un MUN si no quiere estudiar política?

Sí, porque la pregunta quizá no sea qué carrera quiere estudiar, sino qué capacidades necesitará para desenvolverse bien en aquello que decida hacer.

Investigar con criterio. Comunicar una idea. Escuchar perspectivas diferentes. Trabajar con personas nuevas. Defender una posición sin dejar de estar abierto a cambiarla. Negociar. Resolver problemas. Adaptarse cuando las cosas no salen como estaban planeadas.

Y, sobre todo, conocerse un poco mejor.

No todos los estudiantes que participan en un MUN terminan interesados en política o Relaciones Internacionales, ni tendría sentido esperar que así fuera. El valor de la experiencia no depende de eso.

A veces el aprendizaje más importante ocurre cuando un joven entra a un salón pensando que no es bueno hablando, que no conoce a nadie o que ese tipo de actividades no son para él, y sale habiendo descubierto una capacidad que todavía no sabía que tenía.

Porque prepararse para el futuro no consiste solamente en decidir qué vamos a estudiar.

También consiste en ir descubriendo de qué somos capaces.

 
 
 

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